Relato de Chile

I

Finales de septiembre de 1973. Una pequeña aldea en el desierto de Atacama (región de Antofagasta. Chile), a 17 horas en coche al norte de la capital.

El sol abrasador del día hace algunas horas que ha cedido sus dominios a la oscuridad gélida del desierto. Los habitantes de la única casa que aún conserva y exhibe pocos —pero sólidos— bloques de piedra de su construcción originaria, acaban de cenar y, tras comprobar que la pequeña duerme en su cuna, se entretienen repasando un álbum de fotografías que la madre de Mateo ha rescatado de un rincón escondido de la alacena.

—¡Mirad! Ésta instantánea se la hicieron a tu padre —dice, dirigiéndose con una sonrisa de triunfo a su hijo— el día que cerró el trato con el amo para comprarle la vieja casa de piedra sobre la que levantamos la nuestra. Se encontraba con los pantalones de pana y la visera nueva. ¿Verdad que está elegante? ¿Te acuerdas, Mateo? Tú eras un chamaco muy travieso y no parabas de refunfuñar con las obras. Que si el cemento, que si el calor, que para qué levantar otra altura, que si no podías irte a jugar con tus amigos… Y ahora, fíjate, hay sitio de sobra para todos, para tu mujer, para tu hija… y los que vengan. Porque espero que no dejaréis que mi bebita crezca jugando sola, sin hermanitos.

Amanda responde con un sonrojo cómplice al guiño sonriente de su suegra.

Han pasado 14 años desde entonces. El padre de Mateo, ya anciano, no puede ocultar el orgullo en el brillo de los ojos mientras mira con satisfacción, uno a uno, a todos los miembros de su familia.

Pero, sin previo aviso, el manto de quietud que cubre la noche se rasga en jirones infinitos: los aullidos de los frenazos, los ladridos desaforados del perro, la sequedad de los disparos y el silencio del cánido, el vociferante estruendo de las órdenes, de los golpes amartillando la madera y el grito apagado contra el suelo de la puerta.

El olor espeso del miedo ha entrado a bocajarro en los ojos, arrancados bruscamente del sueño, de sus moradores. Todo ocurre en un instante, en apenas cinco minutos. La vida es eterna en ese lapso. El dolor, ya siempre eterno en la vida de Mateo, persigue inmóvil la estela del llanto desgarrador de su hija y las súplicas de su mujer alejándose en la noche.  Los padres, olvidados, muertos de pie, miran sin respirar la cara irreconocible de su hijo en medio de un enorme charco de sangre. No entienden. Nunca podrán entender.

II

11 de septiembre de 2023. Residencia de ancianos en Santiago de Chile.

Wena, Mateo, ¿cómo estay?

La auxiliar de enfermería, una joven «chora» risueña, no espera ninguna respuesta. Sabe que la credencial por excelencia del alzhéimer avanzado es la ausencia. Es consciente de que los residentes de la cuarta planta, la suya, son migrantes del tiempo, exiliados de un presente sin futuro que buscan con anhelo su lugar en el mundo, el único que les queda, su pasado. Son refugiados del presente pidiendo asilo en el pasado. La comunicación en un tiempo real es imposible, la máquina del tiempo es tal vez el único invento tecnológico pendiente de la Humanidad. Ella lo sabe, pero actúa como si no porque, a veces, como por obra de gracia, quizá también como resultado de su insistencia, el destino da su brazo a torcer y permite que surja brevemente un puente de comunicación, un túnel de vuelta entre ambos mundos.

Y ese rayo de luz en los ojos y lucidez en el verbo de sus distraídos ausentes siempre le iluminan el día.

—Óigame, mino, hoy nos vamos de jaleo. Hay pipeño y unos completos bacanes, para chuparse los dedos. Más encima, también hay música y hasta una taca taca nuevecito, ¿ok? Vamos juntos, yo le apaño. Dale, mi chan, no te dé julepe —le susurra al oído y, apretando su hombro con cuidado, empuja suave y resueltamente la silla de Mateo hacia el ascensor.

Esta vez no ha sido como ella esperaba. Los ojos de Mateo divagan sin mirar, ajenos a todos los estímulos del entorno.  En su mundo no hay ajetreo de risas y saludos, no hay música, ni colores, sólo imágenes desordenadas, superpuestas. De amor y dolor, repetidos. Su madre vestida de blanco, con otras madres vestidas de blanco, bailando solas todos los sábados en la plaza de la Ciudadanía. La cálida piel de Amanda, su seno redondo y paciente, el penetrante olor de la leche reparadora devolviendo la paz a la insaciable pequeña. Las noches de cuna y cama vacías en el dormitorio de la casa de piedra. Todos los años que pasó Mateo persiguiendo cualquier información sobre el paradero de su familia fueron una búsqueda inútil. No logró acallar con ella, ni por un momento, los gritos de Amanda y el llanto de su hija apagándose en la lejanía, truenos que escucha cada vez más cerca y con más fuerza con el paso del tiempo y que han terminado por recalar, al final de su vida, en los pocos recuerdos imborrables de la casa de piedra. 

Recorren muy despacio el comedor, provisionalmente adaptado para acoger el evento que se celebra hoy.  Algo, en una pared repleta de grandes fotografías, se ha clavado en los ojos de Mateo, obligándole a girar el cuello mientras avanza su silla. La cuidadora se da cuenta. La fotógrafa también. Es una joven, aunque ya reconocida artista, que ha accedido a colaborar con los organizadores aportando una selección de su obra. Movida por la curiosidad se acerca hasta el anciano

—¿Le gusta? Ésa no la he hecho yo, pero también es mi preferida.

Mateo no responde. Sólo un breve parpadeo, casi imperceptible, llama la atención de su cuidadora: 

— “Está pasando —piensa—.  El túnel se está abriendo”.

La fotógrafa se inclina hasta la altura de Mateo. Sentada sobre sus talones, posa una mano en la rodilla del anciano y, bajando la voz sin apartarle la mirada, le revela una confidencia.

—Es mi abuelo. Lo supe hace poco, ¿sabe? Me hubiera gustado tanto conocerlo, a él, a mis… padres… a mis verdaderos padres…  aquellas personas que… quizás… más me hayan amado en la vida.

Mateo la mira con unos ojos que ahora sí ven, a pesar de las lágrimas que los inundan hasta desbordarse mejillas abajo. La mira con ansia, sin pestañear, mientras su boca se abre temblorosa y su mano aprieta con fuerza la que está sobre su rodilla.

Todo ocurre en unos segundos, tras los cuales los ojos de Mateo se pierden de nuevo en la casa de piedra. Sólo unos segundos. Cinco. Un encuentro de cinco segundos. La vida es eterna en cinco segundos.

La autora del relato es María Urrea García, española, profesora jubilada. El texto fue premiado en un galardón organizado por la asociación de alumnos ADAMUC, de la Universidad Complutense de Madrid. La historia surge a partir de una foto, que es la que aparece en el cuerpo de la entrada. Además, el momento de realización del pasaje coincidía con el 50 aniversario del golpe de estado en Chile, acontecimiento histórico en el que la creadora se inspiró para tejer esta narración.

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